martes, 22 de mayo de 2012

Arde Roma

Introducción 

El gran incendio de Roma es uno de los acontecimientos históricos mejor conocidos. Sin embargo, extrañamente, se han escrito pocos libros sobre el incendio y los acontecimientos que lo rodearon y que supusieron un gran punto de inflexión: el fin de la dinastía romana creada por Julio César. ¿Pensamos quizá que sabemos todo lo que se puede saber de esa gran catástrofe? Después de todo, ¿quién no ha oído hablar de la historia del emperador loco, Nerón, que prendió fuego a Roma y luego se puso a tocar el violín mientras ardía la ciudad a su alrededor, y que acabó echando la culpa a los cristianos del fuego y convirtiéndolos en antorchas humanas? Ah, pero ¿estaba loco Nerón, fue él quien inició el fuego, tocaba el violín,* y quemó a un solo cristiano en realidad? ¿Es cierto acaso lo que se cree habitualmente del gran incendio? En el siglo xx, muchos estudiosos e historiadores empezaron a valorar de nuevo la figura de Nerón como gobernante. ¿Se ha retratado mal a Nerón a lo largo de los siglos? Ciertamente, podemos descartar el incidente del violín de inmediato: es un mito. El violín fue un instrumento que no surgió en Europa hasta un milenio más tarde de Nerón. De modo que éste no pudo tocar el violín mientras ardía Roma. ¿Tocó entonces algún otro instrumento? ¿La lira por ejemplo? Sí, era un notable intérprete de la lira pequeña, parecida a un arpa, único instrumento de cuerda que usaban los romanos en los tiempos clásicos. Pero ¿tocó la lira precisamente el 19 de julio del año 64 d.C. en Roma, o durante los días siguientes, mientras Roma ardía? Si debemos creer a Tácito, uno de los historiadores romanos más fiables del siglo i d.C., que vivió el gran incendio de Roma cuando tenía nueve años, Nerón no tocó la lira en Roma mientras ardía la ciudad. Pero sí que la tocó la noche que estalló el primer fuego: Tácito sitúa a Nerón en la ciudad de Antium, la Anzio moderna, en la costa oeste de Italia, tocando la lira. Esto, claro está, no descarta la posibilidad de que Nerón hubiese ordenado el incendio de Roma. Nerón, según decía Tácito, tocó la lira en un concurso musical en Antium, lugar de nacimiento del emperador, la noche del 19 de julio. En cuanto le informaron del fuego volvió a la capital, donde dirigió industriosamente las operaciones contra incendios y la provisión de refugio y comida para la población. Fue otro historiador romano, Dión Casio, senador, antiguo cónsul, general y gobernador de varias provincias romanas, quien escribió que Nerón tocaba alegremente la lira en Roma mientras la ciudad ardía, y de él sobre todo nos ha llegado a nosotros la historia de que «tocaba mientras ardía la ciudad». 
Pero Dión Casio redactó su versión de los acontecimientos 165 años después del gran incendio. Y al escribir lo que escribió sobre Nerón y el incendio, está claro que Dión malinterpretó o citó mal a Tácito y a otro historiador del siglo i, Suetonio. Esto es lo que dijo Dión en el siglo iii sobre el inicio del gran incendio de Roma, echando la culpa de la conflagración directamente a Nerón: «Envió en secreto a unos hombres que fingieron estar borrachos u ocupados en algún otro tipo de maldades, e hizo que prendieran fuego a uno o dos o incluso varios edificios en distintas partes de la ciudad, para que la gente quedara desconcertada, incapaz de encontrar el origen del problema y también de ponerle fin».1 Esto que afirma Dión, que el fuego del 64 d.C. fue iniciado deliberadamente en un 13 cierto número de edificios en distintas partes de la ciudad, está en contradicción con la información de Tácito. La versión de Tácito, aceptada en general por los historiadores, dice que el gran incendio empezó en una sola ubicación, en el Circo Máximo. Pero sigamos a Dión un poco más. También dijo, después de describir gráficamente cómo afectó el fuego al millón o más de residentes con que contaba la ciudad, causando grandes sufrimientos: «Mientras toda la población se encontraba en aquel estado mental, y muchos, enloquecidos por aquel desastre, se arrojaban a las propias llamas, Nerón se subió al tejado del Palatium [su palacio en la colina Palatina de Roma], desde el cual se tenía la mejor vista general de gran parte de la conflagración, y vestido de tañedor de lira, cantó “La caída de Troya”, como la llamaba él, aunque a ojos de los espectadores fue “La caída de Roma”».2 Para empezar, todo el monte Palatino quedó destruido por el fuego, incluido el Palatium, como consignaría el propio Dión. Junto con todos los demás edificios de la colina Palatina, el palacio quedó consumido por la primera etapa del fuego. Aun asumiendo que Dión afirmase que Nerón se subió al tejado del Palatium a tocar la lira durante los primeros momentos del fuego, antes de que las llamas alcanzasen el palacio, ningún otro escritor romano sitúa a Nerón en el tejado de su palacio de Roma, tocando la lira, en ningún momento del gran incendio. Tácito afirma que Nerón sólo volvió a Roma cuando oyó decir que el fuego se estaba aproximando a su palacio. Está claro que Dión tomó esta idea del biógrafo de Nerón, Suetonio, cuyos padres vivían en Roma en la época del gran incendio, efectivamente. El propio Suetonio nació unos cinco años más tarde. Suetonio hizo culpable a Nerón de aquella conflagración: Fingiendo estar disgustado con los grises edificios viejos y las calles de Roma estrechas y serpenteantes, él [Nerón] prendió fuego a la ciudad con todo descaro. Aunque una partida de ex cónsules interceptó a sus ayudantes, armados con estopa [la parte más áspera y rota del lino y el cáñamo] y antorchas encendidas, entrando en sus propiedades, no se atrevieron a interferir. 14 Suetonio sigue diciendo de Nerón: También codiciaba los lugares de diversos graneros, construidos de sólida piedra, junto a la Casa Dorada. Después de derribar sus muros con artefactos de asedio, incendió el interior. El terror duró seis días y siete noches, haciendo que mucha gente se refugiase en monumentos y tumbas. Los hombres de Nerón destruyeron no sólo un vasto número de casas de pisos, sino también mansiones que habían pertenecido a famosos generales, y todavía estaban decoradas con sus trofeos triunfales. También templos consagrados y dedicados a los reyes (de Roma), y otros durante las guerras Púnicas y Gálicas. De hecho, monumentos muy antiguos de interés histórico habían sobrevivido hasta aquel momento. Nerón vio la conflagración desde la Torre de Mecenas, embelesado por lo que llamaba «la belleza de las llamas», y luego se puso sus ropajes de trágico y cantó «El saqueo de Ilión», de principio a fin.3 Aquí tenemos pues el relato de Suetonio, escrito varias décadas después del hecho, en el cual se describe a Nerón cantando mientras Roma ardía, pero no desde el tejado de su palacio. Dión Casio escribió su historia de Roma utilizando las obras de escritores anteriores y añadiendo sus propias opiniones, desviaciones y floreos, por ejemplo cambiando el nombre de la melodía que supuestamente tocaba Nerón, al parecer para dar más énfasis a su afirmación de que Nerón celebraba la destrucción de su capital. Y desde luego, el relato del fuego que hizo Suetonio se encontraba entre aquellos a los que tuvo acceso Dión, mucho después de que se escribiera. Aunque Tácito no lo menciona, existe una gran probabilidad de que cuando Nerón llegase a Roma desde Antium, en realidad observara el fuego desde el mirador de la Torre de Mecenas, que permanecía en pie en la colina Esquilina, en los jardines imperiales de Mecenas. El fuego al final se detuvo a los pies de la Esquilina. Y quizá Nerón cantase una canción o dos durante aquella tensa semana del incendio. Pero ¿celebró el fuego, y lo inició él realmente, como aseguraba Suetonio, el único en decir tal cosa entre los escritores del siglo i o ii, y como recogía mucho más tarde Dión? 15 Algunos de los «hechos» que da Suetonio y que aparecen en su libro De vita Caesarium o Vida de los Césares son palmariamente incorrectos, mientras que otros están mezclados y resultan confusos y algunos son inventados, sin más. Al parecer Suetonio empezó a escribir ese libro durante el reinado del emperador Adriano, cuando el historiador estaba a cargo de los registros imperiales que se recogían en el Tabulario, los archivos oficiales de Roma. Suetonio había completado las tres primeras partes de aquel libro sobre los Césares, que cubrían a Julio César, César Augusto y Tiberio, cuando cayó en desgracia con el emperador y perdió tanto su puesto como el acceso a los registros oficiales, después de comportarse con descortesía con la emperatriz Sabina. Hasta aquel momento en su libro abundan las citas de cartas, diarios y memorias no publicadas de las figuras sobre las que escribía. A partir de aquel punto Suetonio tuvo que fiarse de otras fuentes de información... sobre todo, cotilleos. Como consecuencia, en su biografía de Nerón a menudo encontramos afirmaciones como «algunos dicen», «según mis informantes», o «se dice», y Suetonio va relatando anécdotas sensacionales y difamatorias de Nerón, una tras otra. Para sus lectores, antiguos y modernos, las revelaciones de Suetonio sobre Nerón y sus temas imperiales contribuyen a hacer la lectura más picante, pero desde luego, la historia no necesariamente resulta más fiable. Flavio Josefo, el rabino judío, general y escritor que se convirtió en favorito de los emperadores Flavios, Vespasiano, Tito y Domiciano, y que estaba en Roma en la época del gran incendio, diría, unos años más tarde: «Muchos han compuesto la historia de Nerón, y algunos de ellos se han apartado de la verdad de los hechos a causa de sus favores, habiendo recibido beneficios de él». Josefo aludía a algunos como Cluvio Rufo y Plinio el Viejo, que se sabe que escribieron sobre Nerón, aunque sus obras, a las cuales se refiere varias veces Tácito, han desaparecido. «Mientras otros», seguía Josefo, «por puro odio hacia él [Nerón] y la gran inquina que le profesaban, han despotricado de una manera tan descarada contra él a base de mentiras que merecen ser condenados con toda justicia».4 16 Uno de los autores que caía en esta última categoría de Josefo podría ser el historiador Fabio Rústico. Considerado por Tácito «el mejor de los escritores modernos», Fabio se había elevado a una «posición de honor» por su amistad con Séneca y el patronazgo que éste le prestó, y por lo tanto debió de contrariarle mucho el sangriento fin que tuvo Séneca, dándole motivos para odiar a Nerón y encontrarse entre los que «despotricaban descaradamente contra él» después de la muerte del emperador. Hasta Tácito tuvo que admitir que de todos sus contemporáneos, Fabio era el único autor que aseguraba que Nerón deseaba a su propia madre, Agripina la Joven. Todos los demás historiadores del momento, decía Tácito, afirmaban que fue Agripina quien intentó seducir a Nerón para recuperar el poder que tenía sobre él, y ésta era la verdad aceptada sobre el asunto.5 El propio Josefo no tenía motivo alguno para amar a Nerón. Siguiendo las órdenes de Nerón y en nombre de Nerón, Vespasiano y su hijo Tito hicieron la guerra contra los judíos en Palestina, el año 67 d.C., y destruyeron Jerusalén y el Templo. Sin embargo Josefo, que aseguraba que su único interés era la verdad, no hizo caso alguno a los que vilipendiaban falsamente a Nerón. Suetonio encajaba a la perfección en la categoría de «descarados mentirosos » que escribieron falsedades sobre Nerón. Es fácil sospechar cuáles son las invenciones de Suetonio, que parecen muy alejadas incluso del clima político y moral de aquella época, pero no resulta tan fácil probarlas. «No me sorprenden aquellos que han escrito mentiras sobre Nerón», continuaba Josefo, «ya que en sus escritos no han preservado la verdad histórica referente a aquellos acontecimientos que tuvieron lugar en tiempos anteriores, aunque los protagonistas [de esas obras] no hubiesen podido incurrir de ningún modo en su odio, ya que esos escritores vivieron mucho después de sus tiempos». Josefo quizá muriera antes de que Suetonio publicase su Vida de los Césares, con sus sensacionales afirmaciones sobre las costumbres, estilo de vida y deslices de los antiguos Césares, así como de Nerón. Otros autores eran igualmente difamatorios. «En lo que concierne a esos autores que no tienen interés alguno por la verdad», seguía diciendo 17 Josefo, «pueden escribir lo que quieran, porque eso es lo que se deleitan en hacer».6 La cuestión de la veracidad en las obras de los autores romanos nos lleva a la moderna y extendida creencia de que en un intento de encontrar cabezas de turco para el incendio, Nerón martirizó a los cristianos de Roma, una creencia que se ha encarnado en una leyenda cristiana. ¿Dónde se originó semejante creencia? En el Nerón de Suetonio encontramos la breve referencia en su descripción de la vida y carrera de Nerón: «Se infligieron también castigos a los cristianos, una secta que profesaba unas nuevas y malignas creencias religiosas».7 Esta única frase aparece fuera de contexto, sin referencia alguna al gran incendio y sin relación con él, y se puede considerar casi con toda seguridad una adición posterior y ficticia al texto original de Suetonio, añadida por un copista cristiano. Sorprendentemente, Tácito, en sus Anales, asegura que Nerón castigó a los cristianos de Roma en concreto por el gran incendio, aunque la obra se puede considerar bastante fiable en otros sentidos, en términos de hechos históricos. Tal y como se indica bajo el epígrafe de «Nerón» en ediciones recientes de la Encyclopaedia Britannica, muchos historiadores actuales creen que ese cuento de la persecución de los cristianos es apócrifo, y que fue insertado en los Anales de Tácito por parte de un copista cristiano, siglos después.8 Ninguna de las copias de los grandes libros romanos como los Anales que existen hoy en día es original. Son copias muy posteriores, a menudo creadas siglos después de la primera edición, mediante el proceso laborioso de escritura a mano por el que pasaban todos los libros antes de la invención de la imprenta, cosa que hacía que la inserción de interpolaciones inventadas fuese muy sencilla y, a menos que un lector estuviese en posesión del texto original, indetectable. Esas copias de obras antiguas romanas se encontraron, a lo largo de los últimos siglos, en las bibliotecas de monasterios e instituciones cristianas (la tarea de escribir libros a mano se convirtió en competencia de los monjes, en la sociedad cristiana) y en las bibliotecas privadas de aristócratas que eran cristianos devotos. 18 Uno de los motivos para sospechar de la autenticidad de la referencia cristiana en Tácito, así como de la referencia en Suetonio, es que el término «cristiano» no hace ninguna otra aparición en la literatura romana del siglo i. Resulta muy revelador que ni san Pablo ni san Pedro, que según se cree murieron durante el reinado de Nerón, describieran a sus seguidores como cristianos en sus cartas evangélicas. Ni tampoco los Hechos de los Apóstoles, del Nuevo Testamento, que se cree que escribió san Lucas. Muchos seguidores tempranos de Jesucristo, que era judío, eran judíos también, como Pablo y Pedro. Para los romanos, esa religión basada en un nazareno no era nada más que un culto judío, y por lo tanto sus seguidores durante largo tiempo fueron etiquetados como judíos. Dión Casio, que escribía en el siglo iii, decía que en 95 d.C, el emperador Domiciano hizo arrestar a un cierto número de personas, incluyendo al propio primo del emperador, Flavio Clemente, y a la esposa de Clemente, Flavia Domitila, que también era pariente del emperador, ya que era hija de la hermana de Domiciano. «Se les acusaba de ateísmo, una acusación por la que fueron condenados muchos otros que derivaron hacia las creencias judías», decía Dión.9 Muchos estudiosos romanos posteriores pensaban que el término «creencias judías» era una referencia a la fe cristiana. Citaban el caso de otro importante romano arrestado al mismo tiempo (según Dión, acusado del mismo delito) y que, como Clemente, fue ejecutado. El hombre en cuestión era Manio Acilio Glabrio. Para demostrar la supuesta adhesión de Glabrio a la cristiandad, algunos estudiosos han asegurado que sus restos se encontraron en una catacumba cristiana en Roma. Los que critican esa suposición señalan que esa catacumba se empezó a usar varios siglos después de la muerte de Glabrio. En ninguna parte de los textos de Dión se refiere a esas gentes como «cristianos», un término de uso común en tiempos de Dión, en el siglo iii. En contra de la afirmación de que Glabrio era cristiano, y mártir cristiano además, se encuentra el hecho de que Suetonio, que tenía veintiséis años más o menos y vivía en Roma en el momento de la ejecución de Glabrio, no hace referencia a acusación alguna de ateísmo contra aquel 19 hombre. En realidad, según Suetonio, Glabrio era uno de los tres antiguos cónsules ejecutados por Domiciano porque estaban «acusados de conspiración», no por ateísmo ni por desviarse hacia «creencias judías», como decía Dión más de un siglo después. Suetonio, sin embargo, afirma que Glabrio primero fue exiliado, y luego ejecutado en el exilio por conspiración.10 Igual que sucedía en el reinado de Nerón, se solía exiliar primero a una persona por conspiración, y al final se le ejecutaba como consecuencia de la acusación original. Menos importantes quizá son los pasajes de los Anales referidos a Poncio Pilatos como «procurador», un título que se concede siempre a Pilatos en la literatura cristiana. Pilatos en realidad ostentaba el cargo menor de prefecto de Judea, algo que Tácito, que tenía acceso a los registros oficiales del Tabulario romano, y los citaba con frecuencia en sus Anales, tendría que haber sabido. Después de explicar que era una extendida y «siniestra creencia que la conflagración fue el resultado de una orden» del emperador, los Anales prosiguen: Por lo tanto, para librarse de las consecuencias, Nerón echó la culpa e infligió las torturas más exquisitas a una clase odiada por sus abominaciones, llamados cristianos por el populus. Christus, de quien venía aquel nombre, sufrió la pena máxima durante el reinado de Tiberio, a manos de uno de sus procuradores, Poncio Pilatos, y esa malévola superstición, controlada por el momento, rebrotó no sólo en Judea, la fuente del mal, sino incluso en Roma, donde todas las cosas espantosas y vergonzosas de todas las partes del mundo encuentran su centro y se vuelven populares. De modo que se arrestó en primer lugar a todos a los que se consideró culpable. Luego, siguiendo su información, se condenó también a una inmensa multitud, no tanto por el crimen de incendiar la ciudad como por odio a la humanidad. Se añadieron mofas de todo tipo a sus muertes. Cubiertos con pieles de animales, fueron desgarrados por perros y perecieron, o clavados a cruces, o condenados a las llamas, donde ardieron, para servir como iluminación nocturna, cuando la luz del día había expirado. Nerón ofreció sus jardines para el espectáculo, y dio un espectáculo 20 en el circo, mezclándose con el pueblo vestido de auriga o de pie en un carro. E incluso entre los criminales que merecían castigo extremo y ejemplar surgió un sentimiento de compasión. Porque se les destruía no por el bien público, como se quería transmitir, sino para satisfacer la crueldad de un hombre.11 Que fuese arrestada una «inmensa multitud» es otra causa que nos hace dudar de que toda esa gente fuese cristiana. Hasta la propia Iglesia católica reconoce que la comunidad cristiana en Roma en el año 64 d.C. debió de ser muy reducida. El apóstol san Pablo, en sus cartas, solía consignar la lista de los diversos líderes cristianos de la ciudad donde estaba; en sus cartas de Roma de 60-62 d.C. no nombra a un solo cristiano local. En una carta que parece estar escrita en el año 66 d.C, mientras permanecía encarcelado en Roma por segunda vez, nombraba en concreto a tres varones y una mujer cristianos que vivían en Roma; por sus nombres, parece que ninguno de los cuatro era ciudadano, sino que probablemente se trataba de antiguos esclavos.12 Que en realidad hubiese cristianos en Roma por aquel entonces es algo que afirman los Hechos de los Apóstoles, que refieren que un pequeño grupo de cristianos salió de la ciudad para reunirse con Pablo en su última parada fuera de Roma, mientras se dirigía hacia la capital, en la primavera de 60 d.C.13 Pero que Tácito describiese a esa pequeña comunidad como una «clase» de Roma no suena nada creíble. La observación de que Nerón ejecutó a algunas de esas personas en cruces después del gran incendio no nos dice si eran cristianos o no, pero sí nos dice que no eran ciudadanos romanos. La crucifixión era el método habitual de ejecución para los no ciudadanos convictos de algún crimen en todo el Imperio romano, siglos antes y después de la crucifixión de Cristo. El uso de cruces para la ejecución de aquellos prisioneros no era una alusión deliberada a su cristiandad ni una burla de ella. No tenía nada que ver con la cristiandad. ¿Es una falsificación todo ese fragmento de los Anales, como creen algunos? ¿O bien la persona responsable de la interpolación se limitó a cambiar alguna palabra aquí y añadir 21 una frase allá para distorsionar el original de Tácito, por motivos de propaganda religiosa? ¿Y si el texto original hubiese descrito a los arrestados y ejecutados por iniciar el fuego como seguidores de la diosa egipcia Isis, por ejemplo, en lugar de cristianos? En ese caso, lo único que tuvo que hacer el interpolador fue sustituir «egipcios», como eran conocidos los seguidores de Isis, por la palabra «cristianos». La adoración de Isis estaba entre los cultos religiosos más populares seguidos por los no ciudadanos romanos del siglo i. Los primeros altares de Isis aparecieron en el monte Capitolino ya a principios del siglo i a.C. Destruidos por el Senado en 58 a.C., pronto fueron reemplazados por un templo a Isis, el Iseum, que fue arrasado por órdenes del Senado ocho años más tarde. El llamado Primer Triunvirato, Octavio, Antonio y Lépido, hizo erigir un nuevo templo para Isis y su consorte Serapis en 43 a.C. (el Iseum Campense) en el Campo de Marte, a las afueras del Roma hacia el norte. Finalmente, se construirían también en Roma otros grandes Isea o templos a Isis, uno en el monte Capitolino y otro en Regio III, y otros más pequeños en las colinas Celia, Aventina y Esquilina. Isis, a quien se consideraba una diosa bondadosa que aceptaba a hombres y mujeres, ricos y pobres, y que prometía la vida eterna y consuelo para las aflicciones terrenales de sus seguidores, pronto tuvo miles de seguidores entre todas las clases de Roma, pero sobre todo entre las inferiores. El culto de Isis implicaba ciertos misterios que los seguidores no podían revelar a los no creyentes. Incluso había bastantes similitudes entre el culto de Isis y la posterior fe cristiana, entre ellas la iniciación mediante el bautismo con agua, la creencia en la resurrección y la adoración de una madre y un hijo sagrados, Isis y Horus. Posteriores estatuas de la Virgen María alimentando a Jesucristo niño muestran un asombroso parecido con las antiguas estatuas de Isis alimentando a su hijo Horus, que muy bien pudieron inspirarlas. Hacia 64 d.C. el culto de Isis llevaba un siglo disfrutando intermitentemente del favor de Roma. En 21 a.C. la mano derecha de Augusto, el eficiente Marco Agripa, prohibió que se practicaran los ritos del culto de Isis en el radio de una milla 22 de Roma. En 18-19 d.C., durante los primeros años del reinado del siguiente emperador, Tiberio, cuatro mil «egipcios» y judíos, todos ellos libertos en edad militar (dieciocho a cuarenta y seis años) fueron reunidos en Roma y enviados a reprimir forajidos en la isla de Cerdeña. Al resto de los egipcios y judíos de la capital, incluidos aquellos que tenían la ciudadanía romana, se les requirió que abandonasen su fe o partiesen de Italia en una fecha dada. Además, según relata Suetonio, Tiberio forzó «a todos los ciudadanos que abrazaban esas fes supersticiosas a que quemasen sus vestiduras religiosas y otros accesorios».14 Aquellos sacerdotes de Isis que no abandonasen su fe serían crucificados, siguiendo las órdenes de Tiberio. Según el autor Filo Judeus, un anciano judío del siglo i de Alejandría, esa persecución pre-cristiana de los judíos la llevó a cabo el prefecto del pretorio de Tiberio, Sejano, que poseía, según las palabras de Filo, «odio y designios hostiles contra la nación judía».15 Mientras tanto, se decía que Tiberio en persona había arrojado una estatua de Isis al río Tíber. Con el siguiente emperador, Cayo (conocido como Calígula), tanto los egipcios como los judíos volvieron a Roma, y se adoptó oficialmente a Isis en el panteón romano. Calígula incluso dedicó su nuevo palacio en el monte Palatino a la diosa, llamándolo Aula Isíaca o Sala de Isis. Pero su sucesor Claudio expulsó a todos los seguidores de Isis de Roma por «crear disturbios», según Suetonio. Los judíos fueron expulsados por Claudio por separado de la ciudad por similares «disturbios».16 Con Nerón, no sólo se permitió el culto de Isis en Roma, sino que el emperador también añadió varias festividades isíacas al calendario oficial. Nerón pasaría por un periodo en el cual se obsesionaría con todo lo egipcio, y se ha sugerido que su interés por Isis pudo provenir de la influencia de Queremón, antiguo bibliotecario en el Sarapeum, el templo de Serapis, en Alejandría. Se dice que este estoico egipcio fue tutor de Nerón durante un breve tiempo cuando era niño. También se ha dicho que una vez Nerón se convirtió en emperador, Apolonio de Tirana, cliente de Nerón que, guiado por los sacerdotes egipcios, aseguraba ser profesor del cielo y seguidor de Isis, influyó en las creencias de Nerón. Muchos 23 eruditos piensan que Nerón, destrozado por la culpa tras el asesinato de su madre en 59 d.C., empezó a buscar una espiritualidad que le condujo, al menos durante un tiempo, a abrazar personalmente el culto de Isis, la diosa madre. Aunque su interés por Egipto y las costumbres egipcias no se había desvanecido en 64 d.C., parece ser que Nerón ya había abandonado a Isis en su inquieta búsqueda de alivio espiritual. Algunas leyendas cristianas incluso sugieren que Nerón consultó al apóstol Pablo cuando el evangelista estaba en Roma, ya que Pablo había convertido al cristianismo a la amante liberta de Nerón, Acte, y a su copero oficial en el Palatium. A través de esos dos, según quiere la leyenda, el emperador consultó a Pablo. La creencia tradicional de que Acte era cristiana, o la perpetuación moderna de esa leyenda, procede de la novela de 1895 Quo Vadis? del autor polaco Henryk Sienkiewicz, ganador del premio Nobel, que hizo cristiano al personaje de Acte. Se supone que parte del atractivo del credo de Pablo para Nerón era la creencia en una madre santa y un nacimiento virginal, una creencia compartida por la cristiandad, el culto de Isis y otras religiones orientales, pero eso se contradice con el hecho de que la Virgen María nunca apareciera en las enseñanzas de Pablo. Tácito deja bien claro que a pesar de cualquier acto de benevolencia por parte de Nerón inmediatamente después del gran incendio, que según dice Tácito, le atrajo una gran popularidad a corto plazo entre el público, no pudo sobreponerse al rumor que corrió por toda la ciudad más rápido aún que las devoradoras llamas: él mismo había causado el desastre. Estaba en el carácter de Nerón —que tenía veintiséis años y llevaba toda su corta vida dominado por otros y agobiado por problemas de falta de confianza, y se veía acosado por una absurda campaña de rumores que le echaba la culpa del fuego a él— encontrar alguna cabeza de turco, para desplazar la culpa de sus propios hombros a los de otro. El culto de Isis, que atrajo a Nerón en un principio, luego llegó a decepcionarle. Al final se burlaba del culto públicamente. Al echar la culpa del gran incendio a los seguidores de Isis, podía estar seguro de aprovecharse de un desagrado muy ex24 tendido por ese culto. A los demás romanos, sobre todo los de las clases superiores, no solían gustarles los seguidores de Isis. El poeta Juvenal, por ejemplo, los ridiculizaba. Su contemporáneo Plutarco, el historiador griego que sirvió como sacerdote en el Templo de Apolo de Delfos, consideraba detestable el culto de Isis. Suetonio, a principios del siglo ii, describía este culto como «un orden bastante cuestionable».17 Uno de los motivos por los que la mayoría de los romanos criticaban aquel culto era su adoración de los animales, entre ellos el cocodrilo, el ibis y el mono de cola larga. A la propia Isis se la representaba con cuernos de toro sobresaliendo de la cabeza y su consorte masculino, Serapis, dios del inframundo, a menudo se representaba como un toro. El Navigium Isidis era un festival de Isis que tenía lugar el 5 de marzo, y que se había convertido en parte del calendario romano, como inauguración anual de la temporada de navegación del Mediterráneo mediante la bendición de las flotas. En la procesión oficial que abría las festividades tomaba parte un sacerdote que llevaba la cabeza de perro de Anubis, el dios egipcio de la muerte. Esos dioses animales eran aberrantes para los romanos, acostumbrados a adorar a deidades con forma humana, y la participación en el culto se consideraba algo vergonzoso. Otras pruebas apuntan a la identidad de aquellos que fueron ejecutados por orden de Nerón después del gran incendio. Examinemos otra vez lo que dicen de ellos los Anales: «Se añadieron a las muertes burlas de todo tipo. Cubiertos con pieles de animales, fueron desgarrados por perros y perecieron». Consideremos también que los romanos creían que los seguidores de Isis adoraban a los animales, y que Anubis, el dios egipcio de los muertos, tenía cabeza de perro. Inversamente, los sacerdotes de Isis se abstenían de todo contacto con productos animales, que consideraban impuros, y llevaban ropa de lino y sandalias de papiro. Por todos esos motivos, la mofa a la que se refiere Tácito, obligando a los condenados a vestir pieles de animales mientras los desgarraban unos perros, sugiere que esas personas eran seguidores de Isis. Había también otra conexión: como Nerón debía de saber muy bien, el fuego formaba parte importante de las obser25 vancias de la religión isíaca. De modo que matar a los prisioneros quemándolos no era sino otra burla más del culto, que habría hecho muy creíble la conexión entre la adoración a Isis y el gran incendio para los romanos de la época. No es imposible que los seguidores de Isis fuesen culpables de extender el fuego para «limpiar» Roma, o incluso quizá de prender el foco secundario en la propiedad Emiliana. La primera parte del fragmento pertinente de Tácito, tal y como éste lo escribió, quizá hubiese podido decir algo como lo siguiente: «Consecuentemente, para librarse de las represalias, Nerón echó la culpa e infligió las más refinadas torturas a una clase odiada por sus abominaciones, seguidores del culto de Isis, llamados egipcios por el populacho, que habían enraizado en Roma, donde todas las cosas espantosas y vergonzosas encuentran su centro y se hacen populares». Todo indica que el culto de Isis fue decayendo a lo largo de los años siguientes, después del gran incendio, antes de que uno de los tres primeros emperadores del tumultuoso año 68- 69 (Galba, Otón o Vitelio), en el que hubo cuatro, permitiera de nuevo la adoración de Isis. Tan rehabilitado quedó el culto de Isis bajo los emperadores Flavios que en 71 d.C. Vespasiano y su hijo Tito velaron en el Iseo del Campo de Marte la noche antes de celebrar su triunfo conjunto por haber sofocado la revuelta de Judea. El segundo hijo de Vespasiano, Domiciano, último de los tres emperadores Flavios, salvó la vida al disfrazarse de sacerdote de Isis en diciembre de 69 d.C. Quizá se afeitara también la cabeza como hacían los sacerdotes, que se afeitaban el cuerpo entero cada tres días, y adoptase su sencilla túnica de lino que llegaba hasta los tobillos para escapar del complejo capitolino envuelto en llamas, acompañado por su primo Clemente, disfrazado de la misma guisa. Quizá llevasen también las máscaras con cabeza de perro de Anubis, como fue el caso cuando un edil llamado Marco Volusio usó el mismo disfraz, el de un sacerdote de Isis, para escapar de las proscripciones del Primer Triunvirato que siguieron al asesinato de Julio César. La huida de Domiciano se produjo cuando los hombres de la guardia personal del emperador Vitelio, la llamada Guardia Germana, 26 cercaban al hermano de Vespasiano, Sabino, a los miembros de su familia y a los que les apoyaban en el monte Capitolino. En cuanto ascendió al trono, Domiciano se declaró a sí mismo encarnación del consorte de Isis, Serapis, y animó y promovió activamente el culto. Reparó el templo de Isis en el Campo de Marte, que estaba muy dañado por el incendio del año 80 d.C., y decoró otros diversos templos de Isis y Serapis, incluyendo el del Capitolio. Se cree también que fue Domiciano quien erigió un nuevo templo a Isis en Beneventum en 88 d.C. El historiador Tácito, senador durante el reinado de Domiciano, despreciaba al joven emperador cruel y vengativo y todo lo que representaba, pero se sentía avergonzado de sí mismo por consentir el sangriento gobierno de Domiciano. Sin duda, como su compañero historiador Suetonio, Tácito también despreciaba el culto de Isis, y lo tachaba sin vacilación de «espantoso y vergonzoso», aunque no fuera por otro motivo que por el hecho de que lo había adoptado Domiciano. En realidad, resulta dudoso que Tácito, partidario devoto de los dioses romanos, hubiese oído hablar mucho de la cristiandad o de Cristo, mientras que llevaba toda su vida en contacto con el culto de Isis, del que sí tenía conocimiento. Todo esto hace mucho más probable que describiera como «espantosos y vergonzosos » a los isíacos, y no a los cristianos. Sin embargo, a pesar de todo este asunto de los violines y los cristianos y el misterio de quién prendió el fuego, hay que explorar otras cuestiones históricas mucho más complejas relativas al gran incendio. La Roma del año 64 d.C era una metrópoli populosa y floreciente que, según se decía, no dormía nunca. Experimentaba un tiempo de auge, igual que el Imperio romano en su conjunto. Los desastres militares de unos años antes en Oriente y en Britania eran ya historia reciente. En Britania, la reina guerrera celta Boudica y sus rebeldes habían sido aplastados de una forma sangrienta en 60-61 d.C., y se había establecido allí el comercio habitual para los romanos. En Armenia, el brillante general romano Domicio Córbulo había derrotado dos veces a las fuerzas armenias y partas, y en 63 d.C. obligó al rey de Armenia, Tirídates I, de origen parto, a convertirse en aliado de Roma. 27 Más aún, Córbulo había conseguido el acuerdo de Tirídates de que acudiría a Roma, se inclinaría ante Nerón y le reconocería como señor y soberano... cosa que hizo en 66 d.C. Nunca antes se había inclinado un parto ante un emperador romano. La fama y la popularidad de Nerón estaban en su punto álgido entre el pueblo común romano. ¿Cómo es posible entonces que cuatro años después del gran incendio la gente le diese la espalda y éste se viese obligado a abandonar su trono? ¿Qué había cambiado la actitud del público, sofocando su ardor y destruyendo su lealtad hacia el joven emperador, último miembro de la reverenciada familia de los Césares? Hubo frecuentes y graves incendios en Roma antes del 64 d.C, y varias conflagraciones más destruirían partes significativas de la ciudad a lo largo de los cuarenta años que siguieron. El incendio más importante después del que nos ocupa fue un fuego provocado que destruyó el complejo capitolino en 69 d.C. Otro fuego causó una devastación muy extensa en el Campo de Marte en 80 d.C., y otro provocó graves daños en el centro de Roma en 104 d.C. Sin embargo, la destrucción de casi dos tercios de Roma por un fuego rugiente fue un desastre que sólo se pudo comparar a la destrucción de gran parte de la ciudad por parte de los celtas en 390 a.C. Fue un acontecimiento que indudablemente traumatizó a la población. Y unos meses después del incendio de 64 d.C., salieron a la luz diversas conspiraciones de aristócratas romanos y de oficiales de la propia guardia de palacio de Nerón para derrocarle. Un año después de esas conspiraciones, estallaron rebeliones más importantes contra el gobierno de Nerón en Judea y la Galia, y la suerte quedó echada. Se aproximaba ya la era menos gloriosa de Nerón. Aquí exploramos dos aspectos del gran incendio: el fuego físico que sepultó la capital del mundo romano en 64 d.C. y el fuego político desencadenado por sus efectos, y que condujo a la destrucción de la dinastía de los Césares. Usando los textos de numerosos autores clásicos como fuente, en la obra seguimos fielmente la vida de Nerón y de muchas de las figuras cuya fortuna se vio afectada por el gran incendio. La historia empieza a la vez que el año 64 d.C., el día de Año Nuevo.

“El autor acompaña al lector a través de la Roma Antigua y las intrigas políticas que se desarrollaron en medio de un trascendental drama humano.”    The Washington Post

Napoleón

Lo que profetiza Mozart, unos años antes de su muerte, cuando, al final de La Flauta Mágica, las tropas de Sarastro derrotan a las legiones de la Reina de la Noche en el templo del Sol, es la victoria de la «Ilustración» sobre el oscurantismo. 
Nos encontramos en 1791, la Revolución francesa acaba de estallar, pero el éxito de la «Ilustración» sigue siendo incierto. Diez años más tarde, cuando por fin se estrena la obra de Mozart en París, el triunfo de las nuevas ideas parece más consolidado; pero, de entre el público que aplaudió La Flauta transformada en los Misterios de Isis, con libreto de Morel y arreglos de Lachnith, ¿cuántos espectadores reconocieron en Sarastro el rostro del general Bonaparte convertido en el Primer Cónsul de la República y el último baluarte de las conquistas revolucionarias? Conjunción inesperada de un individuo y de un cambio político. Por un lado, un oficial soñador y distraído al servicio de una monarquía a la que sirve como mercenario, una mentalidad de exiliado, una tendencia suicida, un hastío paseado de cuartel en cuartel. Por otro, la Revolución, o quizá las Revoluciones, si se tienen en cuenta la diversidad de los objetivos perseguidos. Como observó Chateaubriand, son los nobles quienes asestaron los primeros golpes al viejo edificio monárquico. Aprovechando la crisis financiera de la realeza, intentaron poner en tela de juicio los principios del absolutismo. Ese era el objetivo asignado, más o menos abiertamente, a la reunión de los Estados Generales. 
El desagravio de la Fronda, el final de las humillaciones políticas y el retorno a las leyes fundamentales que invocaba ya el cardenal de Retz en sus Memorias y luego Fénelon en sus últimas obras, era eso lo que deseaba en el fondo de sí misma la nobleza liberal detrás de las grandes palabras inspiradas por los filósofos leídos demasiado apresuradamente, la guerra de Independencia de Estados Unidos, en la que habían participado generosamente un La Fayette y un Noailles, o los panfletos de un marginal como el conde de Antraigues. 
El Catorce de Julio y el Gran Miedo barrieron las ilusiones. Una vez abierta imprudentemente la caja de Pandora, la antigua nobleza se vio engullida, se suprimieron los títulos, se abolieron los derechos feudales y se confiscaron las propiedades. Y es que otra sublevación había tomado el relevo. A la Fronda le sucedió la Jacquerie. Estos movimientos desordenados de campesinos, antaño abocados al aplastamiento, abarcaron de nuevo gran parte de Francia y adoptaron un carácter original. De la revuelta anárquica se pasó a la revolución. Se produjo una toma de conciencia. Los cahiers de doléances [«cuadernos de quejas y reclamaciones»] formularon objetivos precisos: el final del régimen feudal y la apropiación del suelo. La revisión de los títulos de propiedad, emprendida por una nobleza cada vez más endeudada, desempeñó un papel catalizador. En cambio, no existieron consignas políticas. Uno se subleva contra el señor, no contra el rey, a pesar del gravamen de los impuestos y la dureza de las faenas. Fue una revolución pronto apaciguada: los decretos que abolieron el feudalismo en la noche del 4 de agosto, la venta de los bienes de la Iglesia, el alza de los precios que devaluaban los arrendamientos y la subida ―más lenta, es cierto― del salario de los jornaleros en numerosas regiones, transformaron al campesinado francés, o al menos a una parte, en una masa conservadora, interesada en las conquistas revolucionarias, desde luego, pero que nutrirá pronto los batallones encargados de aplastar las insurrecciones proletarias del siglo xix. El rey habría podido utilizar al campesinado contra sus nobles rebeldes, pero habría tenido que ocupar el trono un Luis XI o un Luis XIV. Luis XVI carecía de autoridad sin la excusa del escéptico o del juerguista. Otros se beneficiaron de la confusión de las zonas rurales: los burgueses o, al menos, una vez más, un sector de la burguesía. Los rentistas, los propietarios de cargos, el gran negocio portuario y el comercio de lujo padecieron terriblemente. La banca se aterró, y limitó sus operaciones. Los más audaces suelen ser los más modestos, en los confines de la pequeña burguesía. ¿Cómo no recordar al señor Grandet? 
Cuando la República francesa puso en venta, en el distrito de Saumur, los bienes del clero, el tonelero, que por entonces tenía cuarenta años, acababa de casarse con la hija de un rico comerciante en maderas. Grandet, provisto de su fortuna líquida, y de la dote de su mujer, unos dos mil luises de oro, se fue a la capital del distrito y allí obtuvo, gracias a los doscientos luises dobles que su suegro ofreció al feroz republicano que se encargaba de la venta de los territorios nacionales, por un pedazo de pan, legalmente, si no legítimamente, los viñedos más hermosos de la comarca, una antigua abadía y unas cuantas alquerías. Políticamente, protegió a los antiguos nobles e impidió con todo su poder la venta de los bienes de los emigrados; comercialmente, abasteció a los ejércitos republicanos con uno o dos mil toneles de vino blanco e hizo que le pagaran con unos soberbios prados que pertenecían a un convento de monjas y que se habían reservado para un último lote. 
En tiempos del Consulado, el gentilhombre Grandet se convirtió en alcalde, administró con prudencia y vendimió aún mejor; en la época del Imperio, se le llamó señor Grandet. Los Grandet eran numerosos en provincias, pero fue en París donde la especulación con los suministros a los ejércitos y la devaluación del papel moneda adquirieron mayor amplitud. Desaparecen los nobles y comienza el reino de los notables. Se creó una nueva burguesía, la que supo comprar los bienes nacionales en un período de inflación o acaparar las encomiendas del Estado, la que se infiltró en la administración o que conocía el derecho, la que pudo, en definitiva, liberada de la sujeción de las corporaciones y a resguardo del proteccionismo instituido por el Directorio, desarrollar talleres y manufacturas. ¿Qué quería la burguesía en 1789? Sieyès expuso sus ideas en el célebre folleto ¿Qué es el Tercer Estado? Más conciso, Napoleón resumió sus aspiraciones en una frase quizá apócrifa: «la vanidad; la libertad —añadió—, solo ha sido un pretexto». La reacción feudal, al cerrar o amenazar con cerrar las filas de la nobleza a una burguesía en plena ascensión en una Francia en plena expansión, empujó a los burgueses hacia la oposición a las instituciones sociales. Los primeros rebeldes no siempre fueron por lo demás quienes se aprovecharon de la destrucción del Antiguo Régimen, pues con frecuencia la propiedad burguesa del siglo xviii fue víctima de la abolición del feudalismo. Sin embargo, no deja de ser cierto que burgueses y campesinos se vieron comprometidos, como se ha subrayado tantas veces, en un mismo combate contra el feudalismo. Saldrían de él vencedores y vagamente solidarios. ¿No representaban acaso la cantidad y el talento? Una cuarta corriente quedó al margen: el proletariado urbano. Al comienzo, el paro y la carestía arrojaron a las calles de las ciudades, y especialmente en París, a artesanos, obreros, criados y ganapanes. 
La escasez de las grandes empresas, la estructura arcaica de los talleres y las condiciones de trabajo que aproximaban a patrones y obreros seguían impidiendo el nacimiento de problemas sociales agudizados y la idea de huelga siguió estando confinada a una casa o, como máximo, a algunos miembros de una misma profesión. Influidas por Rousseau, las aspiraciones sociales se limitaban a un mundo de «pequeños productores y de pequeños comerciantes independientes»; y los sans-culottes soñaban con una especie de «patronato universal». Este proletariado urbano sirvió como punta de lanza, bajo el Terror, para la Revolución. Pero, preocupada por garantizar una mano de obra barata a la industria naciente, la Constituyente, mediante la ley Le Chapelier del 14 de junio de 1791, prohibió todo tipo de coalición obrera, e incluso la desaparición de las corporaciones favoreció la explotación de los niños en las manufacturas. Deseoso por garantizar el mantenimiento del orden y la consolidación de la ―de su― propiedad, los termidorianos, por su parte, se apresuraron a desarmar las barriadas. La nueva burguesía desarticuló el movimiento sans-culotte, mientras que los campesinos permanecían impasibles ante este fracaso. Después del golpe de Estado de Brumario, Bonaparte declaró: «Yo soy la Revolución», para contradecirse a continuación: «La Revolución se terminó». El fin de la Revolución: se asignó el 5 de agosto de 1789, o cuando la separación de la Constituyente, día que la Convención celebró al Ser supremo o cuando la cabeza de Robespierre cayó en el cesto. Para terminar la Revolución, se presentaban tres vías posibles: retorno al sistema monárquico y aristocrático (con la antigua o una nueva dinastía); consolidación de las conquistas burguesas y campesinas; satisfacción de las aspiraciones de la sans-culotterie parisina. Retorno al pasado; mantenimiento del presente; preparación del futuro. La aventura napoleónica depende de una elección, la que efectuó Bonaparte en 1799. BiBliografía general El héroe de esta aventura inspiró más libros que días hayan transcurrido desde su muerte. Esta inflación no es un fenómeno estrictamente nacional ni siquiera europeo. 
Llega hasta Asia: en 1837, Ozeki San’ei escribió en chino una biografía de Napoleón. 
Según Louis Villat, la primera biografía completa del Emperador dataría de 1821, el mismo año de su desaparición: Napoleon: 1ntroducción son éducation, sa carrière militaire, son gouvernement, sa chute, son exil et sa mort, escrita por M. C. 
Pero la biografía napoleónica ya era entonces descomunal, repartida entre el panfleto y el elogio oficial. Arnault emprendió en 1822 una Vie politique et militaire de Napoléon. Laurent de l’Ardèche en 1826, Norvins en 1827, Jomini y Thibaudeau ese mismo año, y finalmente Walter Scott, se apresuraron a imitarlo. Todas estas tentativas se eclipsaron ante la monumental Histoire du Consulat et de l’Empire que Thiers concluyó en 1862, que abría el camino a Michelet (Histoire du xix e siècle, 1875) y a Taine (Les Origines de la France contemporaine: le régime moderne, 1887), y anunciaba las largas series de Frédéric Masson (Napoléon et sa famille, 13 volúmenes, 1897-1919), Driault (Napoléon et l’Europe, 5 tomos, 1912-1927, que retoma L’Europe et la Révolution française de Albert Sorel), Lanzac de Laborie (Paris sous Napoléon, 8 tomos, 1905-1911), L. Madelin (Histoire du Consulat et de l’Empire, 16 volúmenes, 1936-1954), Jean Thiry (Napoléon Bonaparte, 28 tomos, 1938-1975). El Segundo Imperio había emprendido una publicación en 32 volúmenes de la Correspondencia, compilación incompleta y falsificada a veces pero que daba una idea de la prodigiosa actividad del Emperador (el Dictionnaire de l’Empereur de Palluel, 1969, permite ser utilizado cómodamente a falta de índice). Hay que añadir los suplementos de Lecestre, L. de Brotonne, Lumbroso, Masson, d’Huart, Tuetey y Picard, etc. «Se hablará de su gloria, en la humildad, durante mucho tiempo», profetizaba Béranger. Fue un diluvio, de Capefigue (1831) a Lanfrey (1867), de Peyre (1887) a Guillois (1889). Encontramos Napoleones «de izquierdas» (Jaurès, Histoire socialiste, t. VI, 1905; Tersen, Napoléon, 1959; Soboul, Le Premier Empire, 1973) y Napoleones «de derechas» (J. Bainville, Napoléon, 1931; Ch. Maurras, Jeanne d’Arc, Louis XIV et Napoléon, 1938; L. Daudet, Deux idoles sanglantes, la Révolution et son fils Bonaparte, 1939; F. Olivier-Martin, L’Inconnu Napoléon Bonaparte, 1952), todos excelentes. El panfleto (Iung, Bonaparte et son temps, 1880-1881; J. Savant, Tel fut Napoléon, 1953; H. Guillemin, Napoléon tel quel, 1969) se codea con la hagiografía (M. Tartary, Sur les traces de Napoléon, 1956). Vívidos son: G. Lenôtre, Napoléon, croquis de l’épopée (1932), A. Castelot, Bonaparte et Napoléon (1968), L. Chardigny, L’homme Napoléon (1987); y eruditos: Lavisse y Rambaud, Histoire générale, t. IX, Napoléon (1897), Pariset, Le Consulat et l’Empire (t. III de L’Histoire de France contemporaine de Lavisse, 1921), G. Lefebvre, Napoléon (1935, reed. por Soboul), Fr. Dreyfus, Le Temps des Révolutions (1968), Godechot, Napoléon (1969), Furet y Bergeron (1973), Sussel, 001-584 Napoleon.indd 15 22/03/2012 9:17:1216 napoleón Napoléon (1970), Bergeron, Lovie y Palluel, L’Épisode napoléonien (1972), A. Latreille, L’Ère napoléonienne (1974), L. Genêt, La Révolution et l’Empire (1975). Napoleón existe en pequeño formato (Lucas-Dubreton, 1942; M. Vox, 1959, Bertrand, 1973, Dufraisse en la colección «Que sais-je?») y en gran formato en cuarto (G. Lacour-Gayet, 1921). Hay Napoleones rusos (Merejkowski, 1930; Tarlé, varias reeds.; Manfred, 1977), alemanes (Kircheisen, 1911-1934; Ludwig, 1924), ingleses (Seely; Rosebery, 1900; Holland Rose, 1901; Thompson, 1952; Markham, 1963; Cronin, 1976), estadounidenses (Dowd, 1957; Holtman, 1967), italianos (Lumbroso, 1921; Zaghi, 1969), chinos (Li Yuan Ming, 1985) u holandeses (Geyl, 1949). Podemos seguirlo día a día: Schuermans, Itinéraire général de Napoléon (1911); L. Garros, Quel roman que ma vie (1947); J. Massin, Almanach du Premier Empire (1965). Y podemos situarlo en el espacio: l’Atlas elaborado por Thiers, l’Atlas de la Grande Armée de J.-C. Quennevat (1966), y l’Atlas administratif du Premier Empire de F. de Dainville y J. Tulard (1973). Napoleón fascinó a todos los escritores: no solo a Chateaubriand, Hugo, Balzac, Stendhal y Sénancour, sino también a L. Bloy, Elie Faure (1921), Delteil (1929), Rosny Aîné (1931), Suarès (1933), J. Romains (1963), A. Maurois (1964), P. Morand (Napoléon homme pressé, 1969) y A. Malraux (Les chênes qu’on abat), sin olvidar los guiones de las películas de A. Gance y de S. Guitry. Pero el historiador no obtendrá mucho provecho de estas lecturas. Las revistas son innumerables: Revue de l’Empire (1842-1848), Revue napoléonienne (de Lumbroso, principalmente entre 1901 y 1909), Revue des Études napoléoniennes (1912-1939; deslumbrante hasta cerca de 1930; superficial y hagiográfica a continuación; con índices); Revue de l’Institut Napoléon (aparece a partir de 1938; tomó el relevo, bajo el estímulo de M. Dunan, de la Revue des Études napoléoniennes; índices); Le Souvenir napoléonien, que se apartó de la hagiografía, desde 1970, a cambio de números especiales); Toute l’histoire de Napoléon (publicó entre 1951 y 1952 algunos excelentes números especiales); Bulletin de la Société belge d’études napoléoniennes (92 números entre 1950 y 1975, sobre todo centrados en Waterloo; índices en el n.º 92); Rivista italiana di Studi napoleonici (de valor desigual y de publicación irregular, pero con frecuencia interesante); Het Nederlands genpotschap voor Napoleontische studien (en holandés); tampoco hay que desdeñar los Annales historiques de la Révolution française (desde 1908). Existen varios diccionarios de utilidad: Biographie des hommes vivants (1816); Arnaull, Jay, Jouy y Norvins, Biographie nouvelle des contemporains (1821); P. Larousse, Grand dictionnaire universel du xix e siè- 001-584 Napoleon.indd 16 22/03/2012 9:17:12introducción 17 cle (de una excepcional riqueza); B. Melchior-Bonnet, Dictionnaire de la Révolution et de l’Empire (1965); Connelly, Historical Dictionary of Na­ poleonic France (excelente) (1985). Todos fueron reemplazados por el Dictionnaire Napoléon (bajo la dirección de J. Tulard, en 1987) que, a través de más de 3.200 entradas, permite trazar un recorrido completo por el período (militares, funcionarios, artistas, eruditos, instituciones, batallas, vida cotidiana...). Especializados son los de Robert, Bourloton y Cougny (Dictionnaire des Parlementaires, 1889-1891), y Six (Diction­ naire des généraux et amiraux de la Révolution et de l’Empire, 1934). En la École Pratique des Hautes Études (IVª sección), se pueden consultar las tesis de H. Robert sobre el personal diplomático, de D. Duchesne sobre el Tribunal Supremo, de Pinaud sobre los obispos de Napoleón, de U. Todisco sobre el Tribunal de Cuentas y de Szramkiewicz sobre los regentes y censores del Banco de Francia, estas dos últimas impresas, que son equivalentes a diccionarios biográficos. La historia del período se verá renovada por la apertura de los fondos de archivos privados: léanse a este respecto las crónicas anuales de Ch. de Tourtier en la Revue de l’Institut Napoléon. Dominando el conjunto de la producción por la calidad del texto y una iconografía extraordinaria que vuelve obsoletos los viejos álbumes de Dayot e incluso el Napoléon de Bourguignon (1936): Jean Mistler y colaboradores, Napoléon et l’Empire (1968). También se encuentra iconografía en Grand-Carteret (1895), en Broadley, Napoléon in caricature (1911), y Catherine Clerc, La Caricature contre Napoléon (1985), pero con una intención hostil. El lector deseoso de saber más puede remitirse a las excelentes guías bibliográficas: G. Davois, Bibliographie napoléonienne française (1909; muy completa hasta esa fecha); L. Villat, Napoléon (1936) y J. Godechot, L’Europe et l’Amérique à l’époque napoléonienne (1967). Las gigantescas bibliografías de Lumbroso, de Kircheisen y de Monglond quedaron inacabadas. En puntos precisos: E. Hatin, Bibliographie de la presse pé­ riodique française (reed. 1965); Guide bibliographique sommaire d’his­ toire militaire (1969); J. Tulard, Bibliographie critique des mémoires sur le Consulat et l’Empire (1971), recuerda que numerosas memorias fueron obra de tintoreros, Saint-Edme, Lamothe-Langon, Villemarest, Beauchamp, Marco Saint-Hilaire, incluso Balzac. Cada año la Bibliographie de l’Histoire de France publicada por el CNRS proporciona obras y artículos aparecidos sobre el período 1800-1815.

El esperado libro sobre la transformación de la sociedad a causa de la crisis por el sociólogo francés recientemente galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de la Comunicación y las Ciencias Sociales 2010. 

Dra Claudia Sbdar de Bercovich


Amparo, Medidas Cautelares Y Otros Procesos Urgentes 

Sumário:El amparo en Argentina: Evolución del amparo argentino. Definición del amparo argentino: garantía procesal-instrumental. Presupuestos y condiciones de admisibilidad del amparo. El amparo argentino ¿Es una vía directa o subsidiaria?. El amparo y el recurso extraordinario federal -- El amparo en Espanã: Mecanismos de tutela de los derechos fundamentales. Definición del amparo ordinario y del amparo constitucional como garantía jurisdiccional. Amparo judicial. Recurso de amparo.





Un libro recoge dos ensayos descubiertos tras el fallecimiento de Rawls, uno de los principales pensadores políticos del siglo XX, y que complementan la extraordinaria dimensión de su vida y de su obra.













Los textos de John Rawls son de lectura obligada en las facultades de derecho, política y ciencias sociales.






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